En una época donde el género zombi ha sido explotado hasta el agotamiento, con fórmulas repetidas y narrativas previsibles, “Apocalipsis Z: El principio del fin” se presenta como una propuesta que, sin revolucionar el género, aporta una mirada más íntima y pausada del colapso social. Inspirada en la trilogía homónima del escritor gallego Manel Loureiro, la película encuentra su fortaleza no tanto en el despliegue técnico ni en las escenas de acción, sino en su capacidad para retratar ese momento cuando el mundo todavía parece normal, pero ya nada lo es.
Esta obra ofrece una interesante ventana a la evolución de las narrativas postapocalípticas, sobre todo en el ámbito hispano. A diferencia de otras producciones más explosivas, aquí lo que domina es una tensión constante, casi doméstica, que se construye desde la cotidianeidad.
La comparación con lo vivido durante la pandemia de COVID-19 es inevitable, ese símbolo absurdo de la desesperación colectiva, aparece también aquí como una señal de que, aunque el apocalipsis parezca ficción, sus síntomas son muy reales.
La historia gira en torno a un joven abogado residente en Galicia, interpretado por Francisco Ortiz, cuya vida da un vuelco con la aparición de un extraño brote viral en Europa del Este. El protagonista no es un héroe de acción ni un experto en supervivencia. Es una persona común enfrentada a una situación cada vez más incomprensible. Este enfoque, lejos de ser una limitación, se convierte en uno de los grandes aciertos del film, porque permite al espectador identificarse con esa incredulidad inicial, ese “esto no puede estar pasando” que se transforma en urgencia.
A lo largo de la película, el personaje va percibiendo cómo la realidad se descompone lentamente: noticias contradictorias, medidas gubernamentales insuficientes, supermercados desabastecidos. La búsqueda compulsiva de papel higiénico, ese símbolo absurdo de la desesperación colectiva
Uno de los aspectos más destacables de la producción es su origen literario. Loureiro, abogado de profesión y autor de la trilogía original, participa activamente en la escritura del guion. Esta decisión creativa garantiza una cierta fidelidad al espíritu de los libros, aunque, como ocurre con toda adaptación, hay quienes consideran que se han tomado libertades excesivas. La trilogía original está compuesta por “El principio del fin”, “Los días oscuros” y “La ira de los justos”, títulos que delinean una progresión clara: de la sorpresa al colapso, y del colapso a la resistencia.


El largometraje se centra exclusivamente en la primera etapa, ese umbral donde el mundo comienza a derrumbarse, pero aún hay una tenue esperanza. Esta decisión, si bien limita el alcance épico de la narrativa, permite profundizar en los matices emocionales del protagonista. La tensión se construye a través de llamadas familiares, noticieros y pequeños gestos cotidianos, como preparar comida o intentar contactar con amigos. En ese sentido, “Apocalipsis Z” se emparenta más con el cine de catástrofe emocional que con el horror gore tradicional.
En términos técnicos, la película no presume de un gran presupuesto, y eso se nota. No estamos ante una superproducción al estilo Hollywood, ni tampoco ante una pieza completamente independiente. Se sitúa en un punto medio, donde los recursos limitados se compensan con un guion sólido y una dirección sobria. Algunas escenas acusan la falta de medios, especialmente en lo que respecta al maquillaje y al diseño de los zombis, pero nunca llega a caer en lo ridículo.
El actor Francisco Ortiz ofrece una interpretación que resulta creíble y contenida, sin excesos dramáticos, algo que se agradece en un género que a menudo peca de histrionismo. Su personaje no intenta salvar el mundo, solo sobrevivir un día más, lo que lo hace profundamente humano. En lugar de buscar constantemente el sobresalto, la película apuesta por la incomodidad persistente, por esa sensación de que algo no cuadra.
Ahora bien, no todo es perfecto. Hay decisiones narrativas que generan desconcierto. Algunos personajes secundarios parecen insertados más por convención que por necesidad, y ciertos momentos tienden a forzar la emotividad. Como ocurre en muchas películas del género, no faltan los clichés: el sacrificio sentimental, la llamada que llega tarde, la escena que pretende conmover más de la cuenta. Sin embargo, en conjunto, estos elementos no opacan el balance general, que resulta positivo.
Un detalle curioso, y que dice mucho sobre las intenciones del filme, es la escasa presencia de zombis en pantalla. A diferencia de otras películas donde las criaturas invaden cada escena, aquí su aparición es puntual, casi simbólica. Esto refuerza la idea de que el verdadero horror no reside en los muertos vivientes, sino en la desintegración paulatina del tejido social. El aislamiento, la incertidumbre, la impotencia son los verdaderos antagonistas.
La decisión de ambientar la historia en España, particularmente en Galicia, también aporta una textura distinta al relato. La lluvia, la arquitectura, el ritmo de vida, todo contribuye a una sensación de verosimilitud cultural que se pierde en muchas adaptaciones globalizadas. Este enfoque local no solo refuerza la identidad de la obra, sino que también recuerda que el fin del mundo no siempre ocurre en Nueva York o Los Ángeles.
Apocalipsis Z: El principio del fin no pretende redefinir el terror ni convertirse en un clásico inmediato, pero sí logra algo cada vez más escaso: ofrecer una experiencia honesta, sin artificios innecesarios.
Para quienes disfrutaron con obras como “28 días después” o “The Walking Dead” en sus primeras temporadas, esta película puede resultar una agradable sorpresa. No esperen grandes hordas, ni explosiones, ni giros imposibles. Aquí lo que se ofrece es un descenso gradual a la desesperanza, narrado con oficio y con una sensibilidad poco común en el género.

Además, es necesario destacar la importancia de esta película dentro del panorama del cine de terror español. Si bien producciones como “Rec” marcaron un antes y un después en el uso del found footage y el susto como recurso principal, “Apocalipsis Z” apuesta por una vía distinta: la construcción lenta del temor, la pausa como herramienta narrativa. Es una evolución lógica, que refleja también los cambios en el público.
Hoy, el espectador de terror ya no se conforma con el sobresalto fácil. Busca historias con alma, con personajes que sientan reales, con mundos que no solo asusten, sino que hagan pensar. En ese sentido, esta película cumple su cometido. No es perfecta, pero sí es coherente. Y eso, en los tiempos que corren, ya es bastante.
Finalmente, cabe mencionar que esta producción está disponible en Amazon Prime Video, lo cual facilita su acceso a un público global. A pesar de sus limitaciones técnicas, el proyecto destaca por su capacidad para conectar emocionalmente, algo que muchas películas con presupuestos millonarios no logran.
En resumen, “Apocalipsis Z: El principio del fin” es una propuesta modesta pero efectiva, que sabe aprovechar sus fortalezas y disimular sus debilidades. Un recordatorio de que, incluso en los escenarios más oscuros, hay lugar para las historias bien contadas. Para los amantes del género zombi, representa una nueva oportunidad de explorar el miedo desde una óptica más introspectiva. Y para quienes aún no se han cansado de los no muertos, una excusa más para sumergirse en la distopía.
Que cada quien saque sus propias conclusiones, pero una cosa es cierta: el apocalipsis, cuando llegue, no será una explosión. Será una grieta lenta. Una puerta que se cierra sin hacer ruido. Y tal vez, solo tal vez, una llamada perdida que no supimos contestar a tiempo.
En definitiva, Apocalipsis Z: El principio del fin no pretende reinventar el género, pero sí recordarnos que el terror también puede venir desde la cotidianidad, desde esa lenta y dolorosa certeza de que algo ya no volverá a ser igual. Si quieres profundizar más en sus detalles, te invito a echarle un vistazo al video que preparamos: ahí exploramos aún más este mundo en descomposición y lo que realmente nos quiere contar.






