En el amplio universo del folclore japonés, donde conviven espíritus, rituales y sombras del más allá, las leyendas urbanas ocupan un lugar especialmente inquietante. Desde los pasillos escolares hasta los trenes que recorren silenciosamente las ciudades, estas historias tienen el poder de sembrar un tipo de miedo que se aleja del susto fácil: el miedo a lo desconocido, a lo que no se ve pero se siente. Entre todas ellas, hay una que ha logrado cruzar las fronteras de lo oral y lo digital para instalarse también en el terreno interactivo: la leyenda de la estación Kisaragi.
La historia de la estación Kisaragi no nació en libros ni en documentales, sino en foros de internet. Corría el inicio de los 2000 cuando los bulletin boards japoneses, como 2channel (2ch), comenzaban a ser el epicentro de historias anónimas. En uno de estos tablones, una usuaria comenzó a narrar en tiempo real una experiencia extraña: estaba a bordo de un tren que, sin previo aviso, se había saltado su estación habitual. Intentó contactar al conductor, pero no encontró a nadie. Las respuestas del hilo pasaron del escepticismo a la preocupación conforme avanzaban los mensajes. La chica describía estaciones desconocidas, un ambiente desolador, y finalmente mencionó haber llegado a una parada cuyo nombre nadie conocía: Kisaragi.

A medida que el relato se volvía más sombrío, los participantes del foro intentaban ayudarla, pero su tono cambiaba. Pasó del desconcierto al miedo, las últimas palabras que escribió mencionaban una figura sospechosa acercándose… y luego, silencio. Nunca más se supo de ella, nacía así una de las leyendas digitales más emblemáticas de Japón.
Décadas después, este relato sería rescatado por el estudio japonés Chilla’s Art, especializado en juegos de terror psicológico con estética retro, particularmente influenciada por la era de PlayStation 1. Fundado por un par de hermanos, este pequeño pero prolífico estudio ha desarrollado varios títulos que exploran el horror desde una mirada profundamente japonesa: lenta, sugerente, cargada de simbolismo, y con un amor evidente por lo cotidiano que se torna extraño.
The Ghost Train, lanzado en 2020, es uno de sus títulos más representativos. Inspirado en la leyenda de Kisaragi, ofrece una experiencia corta pero intensa que combina elementos de exploración, narrativa ambiental y pequeños rompecabezas. En esta entrega, el jugador toma el papel de Kenan Tanaka, un vendedor de seguros de 42 años que, como muchos adultos en Japón, trabaja hasta altas horas y depende del tren para volver a casa.
Una noche cualquiera, su tren no se detiene en su estación habitual. A partir de ahí, comienza un ciclo repetitivo de trayectos nocturnos en los que lo extraño se cuela poco a poco en lo cotidiano. Tanaka empieza a experimentar eventos inquietantes, presencias invisibles y estaciones que no deberían existir.

A nivel jugable, The Ghost Train es una aventura en primera persona con mecánicas simples, lo cual permite centrar la atención del jugador en la atmósfera. No hay combate ni grandes sistemas de progresión: la inmersión es el núcleo. El juego se basa en tareas cotidianas (como encontrar objetos o conversar con personajes inquietantes) que progresivamente se tiñen de lo sobrenatural.
Uno de los primeros obstáculos, por ejemplo, es un anciano que bloquea la salida del vagón hasta que el protagonista le entregue varias cigarras. Esta situación, en apariencia absurda, encierra una capa de simbolismo muy presente en el folclore japonés, donde los insectos suelen estar relacionados con el paso del tiempo o los espíritus.
Técnicamente, el juego está desarrollado en Unity —aunque el estudio ha utilizado también Unreal Engine en otros proyectos— y destaca por su uso efectivo del sonido. Cada ambiente está acompañado por ruidos ambientales realistas: los anuncios del tren, el retumbar de los vagones, el eco de los pasos. Pero cuando lo paranormal se manifiesta, el audio se transforma. No hay jumpscares gratuitos, sino sonidos cuidadosamente ubicados para incomodar al jugador, haciéndole dudar si está solo o no en ese vagón.

La experiencia completa dura entre 45 minutos y 3 horas, dependiendo de si el jugador conoce o no los pasos a seguir. El juego cuenta con dos finales, uno “bueno” y otro “malo”, determinados por las decisiones tomadas y la atención a ciertos detalles aparentemente menores. Para completar el 100% de los logros, es necesario jugar al menos dos veces, lo que añade una ligera capa de rejugabilidad sin sacrificar el ritmo narrativo.
The Ghost Train no es simplemente una adaptación de una leyenda urbana. Es un homenaje al miedo que nace de lo inexplicable, a esa clase de terror que no necesita mostrar monstruos para helar la sangre. Chilla’s Art ha logrado capturar el espíritu de la estación Kisaragi y convertirlo en una experiencia íntima, casi contemplativa, que deja una huella en quienes se atreven a recorrer ese tren nocturno sin destino.
Juegos como este recuerdan que lo verdaderamente perturbador no está en el hiperrealismo ni en la acción frenética, sino en la sugerencia. Y que, en ocasiones, lo más aterrador puede encontrarse simplemente en un tren que no se detiene.







