En tiempos donde la industria del videojuego ofrece más acceso que nunca, se ha vuelto común escuchar una queja curiosa: no saber qué jugar. Con catálogos que superan los miles de títulos, gracias a servicios como Xbox Game Pass, PlayStation Plus, Steam o incluso plataformas móviles como Google Play Pass, muchos jugadores han comenzado a experimentar una sensación extraña y contradictoria: la ansiedad de tener demasiado.
La situación se conoce como parálisis por análisis, y aunque no es nueva, se ha intensificado con la sobreoferta digital. Ante este fenómeno, algunos jugadores han comenzado a expresar frustración por no poder decidir, por sentirse abrumados, por no tener suficiente tiempo para “aprovechar” todos los juegos disponibles. Lo que debería ser un hobby termina convirtiéndose en otra fuente de estrés.
Quien ha crecido en los años noventa y ha vivido la evolución de los videojuegos desde cartuchos hasta nubes digitales, sabe que tener múltiples juegos era un privilegio. Hoy, con miles de títulos en la palma de la mano, muchos sienten que han perdido el foco. Esa emoción por descubrir ha sido reemplazada por la presión de cumplir.
El problema no está en la cantidad de juegos, sino en la mentalidad con la que se aborda el medio. Se ha instalado una idea errónea: que comprar un videojuego obliga a jugarlo y peor aún, a terminarlo, como si cada compra se convirtiera en una deuda pendiente con uno mismo.

Pero los videojuegos no están diseñados para generar angustia, están para divertir, para acompañar, para emocionar. No deberían representar otro problema más en la vida diaria. Si el trabajo, el estudio y las responsabilidades ya consumen energía.
Una idea clave que se debe recuperar es esta: el videojuego es quien debe convencer, no el jugador quien debe forzarse a disfrutarlo. Así como en el cine existe el llamado “cine de autor” y el cine comercial, en los videojuegos también hay obras experimentales y otras diseñadas para vender millones. Pero ninguna de ellas debería imponer reglas sobre cómo deben vivirse.
Hay quienes se sienten culpables por no jugar en la dificultad más alta, por usar guías, por saltarse misiones secundarias. Se auto imponen condiciones como si participar en este medio fuese una competencia profesional, sin embargo, nadie debería tener que justificar cómo juega. No hay una forma correcta de jugar, solo formas personales de disfrutar.
La obsesión moderna por completar juegos, por tacharlos de listas interminables, ha desvirtuado el concepto de colección. El backlog no debería verse como un monstruo que crece, sino como una biblioteca rica y en expansión, llena de posibilidades, de hecho, en muchos casos, ni siquiera se trata de una acumulación sin sentido. Hay quienes han construido sus catálogos a través de ofertas, bundles y colecciones retro. Tener miles de juegos no significa haber fallado en jugar, significa tener opciones, poder moverse entre géneros, plataformas y épocas según el estado de ánimo. La posibilidad de cambiar de juego cuando uno no se siente en sintonía con lo que está jugando no es una debilidad, sino una virtud. El uso de herramientas como Quick Resume en Xbox, por ejemplo, potencia esta libertad de elección.

El jugador moderno se enfrenta a muchas reglas no escritas: “no empieces otro juego si no terminas el anterior”, “solo un título a la vez”, “hay que acabar lo que se empieza”, “jugar en fácil no cuenta”. Todas estas normas, lejos de ayudar, construyen una narrativa dañina que aleja del objetivo principal: disfrutar.
También hay quienes desprecian las experiencias largas o complejas por no tener “tiempo”. Pero el tiempo en los videojuegos no se mide en horas completadas, sino en la calidad del momento vivido. Jugar un Assassin’s Creed durante años, tomándolo de a poco, sin presión, es tan válido como pasar un título independiente en una tarde.
Lo mismo sucede con las plataformas, limitarse a una sola, o negarse a jugar en móvil por prejuicios sobre los controles táctiles, es cerrarse a experiencias maravillosas que encuentran en los smartphones su medio natural.
Uno de los conceptos más poderosos que debería recuperarse es el apetito por descubrir juegos, probar títulos de géneros poco conocidos, volver a mirar las bibliotecas retro, buscar en plataformas olvidadas, eso que muchos hacían sin culpa durante la era de la piratería en PlayStation 1 y 2, donde cada disco grabado era una puerta a lo desconocido, hoy puede hacerse legalmente a través de ofertas y bibliotecas virtuales.

Armar una colección no debería ser una carga, sino un acto de curiosidad. Un ejercicio de arqueología digital, donde cada hallazgo puede ser una joya inesperada. Tal vez un título olvidado de PC como Time Commando, o un juego de deportes antiguos como King of the Beach, puede generar más alegría que juegos actuales de acuerdo a los gusto de cada persona.
No hay obligación de jugarlo todo, ni de jugarlo bien. El videojuego es una invitación, no un mandato, no se trata de eficiencia, se trata de emoción. Hay quienes llenan listas de pendientes solo para frustrarse cuando se antojan de algo nuevo, pero ningún plan, ningún backlog ni ningún criterio debe interponerse entre un jugador y su deseo genuino de explorar.







