A pesar de vivir en una era donde los videojuegos ofrecen gráficos hiperrealistas, sonido envolvente, experiencias en línea y mundos abiertos casi infinitos, el retrogaming no solo sobrevive: está más vivo que nunca. Consolas como la PlayStation 2 marcaron hitos históricos en ventas y dejaron huellas imborrables, pero hoy no es raro ver adolescentes y adultos por igual redescubriendo Juegos del pasado, y no se trata solo de nostalgia: hay razones profundas por las que tantos jugadores siguen amando lo retro.
Una de las diferencias más notorias entre el videojuego retro y el moderno es la forma en que se distribuye el contenido. Antes, al adquirir un juego, el usuario accedía a la experiencia completa. No existían los DLC fragmentados ni los abusivos pases de temporada. Las expansiones, como las de Blizzard en PC, eran entregadas aparte y se sentían como un verdadero añadido, no como piezas que faltaban del producto original.

Con el tiempo, muchos títulos modernos comenzaron a bloquear contenido que ya estaba en el disco, vendiéndolo después como contenido descargable. Casos como Street Fighter x Tekken marcaron el inicio de estas prácticas, donde el jugador debía pagar por desbloquear elementos que ya estaban incluidos. Lo que comenzó como un escándalo se normalizó hasta convertirse en una estrategia estándar.
En contraste, los títulos clásicos ofrecían desbloqueos basados en la habilidad del jugador: trajes alternativos, personajes secretos o modos de juego se conseguían jugando, no pagando, esa recompensa directa por el esfuerzo es una de las cosas que muchos jugadores extrañan.
Otra virtud del retrogaming era la posibilidad de descubrir juegos sin estar influenciado por la crítica especializada. En épocas donde las revistas eran las principales fuentes de información, muchos jugadores simplemente probaban títulos por curiosidad, gracias a la piratería o los intercambios físicos. Esa independencia permitió el descubrimiento de verdaderas joyas ocultas.
Hoy en día, plataformas como Metacritic se han convertido en árbitros del gusto colectivo, pese a que muchas de sus calificaciones se basan más en popularidad que en experiencia real. Esa confianza ciega en las notas ha desplazado el juicio personal, restando espacio a la exploración genuina.
Los juegos retro eran directos, un ejemplo como Max Payne demuestra cómo en apenas unos minutos se explicaban las mecánicas básicas, y el jugador ya estaba inmerso en la historia. En contraste, muchos títulos modernos arrastran al usuario por tutoriales eternos antes de empezar realmente a jugar. Death Stranding, por ejemplo, es citado como uno de los juegos que extiende esa introducción hasta la exasperación.
Aunque algunos jugadores disfrutan de tutoriales integrados de forma narrativa, existe una añoranza por esa sensación de lanzarse al ruedo sin explicaciones interminables y aprender por ensayo y error.
Desde la generación de PlayStation 3, con juegos como Metal Gear Solid 4, las cinemáticas se convirtieron en protagonistas, a veces desplazando la jugabilidad, aunque este recurso puede ser potente en términos narrativos, en muchos casos termina ralentizando el ritmo del juego o interrumpiendo la inmersión.

Los títulos retro, por limitaciones técnicas o decisiones de diseño, optan por narrativas más sutiles y mecánicas que comunicaban sin necesidad de largos segmentos no interactivos. Esa fluidez entre jugador y juego es algo que muchos siguen valorando.
Uno de los puntos más polémicos del debate entre lo retro y lo moderno es el papel de la censura, la corrección política y las agendas ideológicas. Mientras que en décadas pasadas los desarrolladores contaban historias con total libertad, hoy muchos se sienten limitados por el temor a ofender sensibilidades, esto ha derivado en productos que, aunque bienintencionados, pueden sentirse insípidos o faltos de autenticidad.
El videojuego, como medio artístico, debe poder explorar todo tipo de temáticas, y no ser coartado por presiones externas. En los tiempos del retrogaming, los personajes y las historias no buscaban complacer a todos, sino divertir, emocionar o simplemente entretener. Y eso generaba un vínculo real con el jugador.
La dificultad era una característica esencial en los videojuegos antiguos. Títulos como Ninja Gaiden eran despiadados, pero cada victoria sabía a gloria. La frustración inicial se transformaba en una sensación épica al superar un reto complicado, algo que muchos juegos actuales han diluido con ayudas constantes, indicaciones insistentes o diseño centrado en evitar cualquier barrera.
La dificultad bien implementada no solo genera satisfacción, sino también memorabilidad. Muchos recuerdan con orgullo el primer jefe que vencieron después de intentarlo decenas de veces, una experiencia que no se compara con seguir una guía o recibir indicaciones cada dos minutos.

En el pasado, si un jugador se quedaba atascado, debía descubrir la solución por sí mismo. Las guías impresas eran limitadas, y no existía YouTube ni foros masivos, esto alimentaba la imaginación, fortalecía la memoria y generaba conversaciones entre amigos que compartían pistas o rumores. Hoy, la sobreabundancia de información reduce el misterio y, en muchos casos, la satisfacción.
La necesidad de estar siempre conectado es una práctica moderna que pocos jugadores valoran, esto, que suele justificarse como control antipiratería, termina afectando la experiencia del usuario. En contraste, los juegos clásicos simplemente se encendían y funcionaban.
El fenómeno del FOMO (miedo a perderse algo) es otra consecuencia del diseño moderno. Pases de batalla, temporadas, eventos temporales y catálogos rotativos como el de Game Pass generan presión en el jugador, que se siente forzado a jugar “ahora o nunca”. Esta ansiedad por cumplir objetivos impuestos desdibuja la razón original por la que se juega: disfrutar.
Antes, comprar un juego significaba poder jugarlo cuando uno quisiera. Hoy, muchos sienten que deben jugar lo que está de moda o lo que va a salir del servicio, incluso si no lo están disfrutando.
El retrogaming no es solo una moda pasajera ni un capricho nostálgico, es un refugio para quienes buscan experiencias más honestas, menos manipuladas y centradas en lo esencial: jugar. La industria actual ha evolucionado de formas impresionantes, pero también ha adoptado prácticas que muchos consideran dañinas para el jugador.
Lo retro no es mejor por ser viejo. Es mejor, a veces, porque no olvida que el jugador está en el centro de la experiencia. Y por eso, muchos seguirán volviendo a esos cartuchos, discos y píxeles que, aunque antiguos, siguen ofreciendo algo que a veces escasea en lo moderno: alma.







