A finales de los años 80 y principios de los 90, el auge de las máquinas arcade marcó un punto decisivo en la historia de los videojuegos, ofreciendo experiencias únicas y de alto impacto que definieron la forma en que se viviría el entretenimiento digital durante décadas.

En barrios populares de ciudades como Bogotá, era común encontrar locales informales que combinaban aspectos de cigarrería, bar y salón arcade, estos espacios, aunque no siempre los más seguros y salubres, se convirtieron en auténticos templos para los aficionados a los videojuegos. Era común sitios donde se combinaban máquinas originales junto a gabinetes modificados o clónicos adaptados artesanalmente para ofrecer títulos populares.La creatividad local se evidenciaba en la adaptación de placas de consolas como la NES para funcionar en formato arcade, con modificaciones que incluían contadores de tiempo y sistemas para insertar monedas que limitaba la duración de las partidas.Juegos como Kung Fu Master, popularmente llamado Spartan X, o títulos exclusivos japoneses como Kid Dracula, formaban parte del repertorio, muchas veces en versiones pirata o no oficiales
Pero que igual lograban capturar la atención y el entusiasmo de los jugadores.La diferencia tecnológica entre las máquinas arcade y las consolas caseras era notable. Los gabinetes contaban con hardware dedicado que permitía gráficos más avanzados, sonidos de alta calidad y una jugabilidad fluida, como se podía apreciar en juegos icónicos como Golden Axe o Out Run. Además, el auge del PC permitió que algunas conversiones de estos títulos también se disfrutaran en casa, ampliando así el alcance de la experiencia arcade.
En paralelo, el crecimiento urbano de Bogotá trajo consigo la aparición de centros comerciales que incorporaron salones arcade especializados, como Videoplay en Boulevard Niza y en el centro de la ciudad. Estos espacios se transformaron en puntos de encuentro para jóvenes y familias, donde juegos como Double Dragon, Street Fighter II, Las Tortugas Ninja y Los Simpsons para cuatro jugadores se convirtieron en clásicos inolvidables, integrándose incluso en planes familiares que incluían cine y comidas.

Las máquinas arcade trascendieron su función de entretenimiento para convertirse en parte de la identidad social de la época, no era extraño ver que negocios tan variados como panaderías, papelerías o tiendas de barrio contaran con al menos una máquina arcade, muchas veces modificada o con versiones económicas de juegos populares.
A pesar de la emoción y la popularidad, estos espacios no siempre eran aptos para los niños, lo que generaba tensiones con las familias, sin embargo, el magnetismo de las arcades y la experiencia colectiva que ofrecían eran difíciles de resistir.
Además, la singularidad de las arcades se extendía a sus controles y periféricos especiales: la moto de Hang On, los fusiles de luz para juegos de disparos, o las mesas tipo cóctel que albergaban rarezas como Pepsi Invaders, una versión modificada y pirata del clásico Space Invaders con mensajes promocionales de Cocacola.
Este recorrido por la época dorada de las máquinas arcade en Colombia refleja un fenómeno cultural y tecnológico que dejó una huella profunda en la memoria colectiva, un legado que continúa vigente y que invita a revivir esa época a través de la nostalgia y la admiración por una era donde cada ficha introducida era una aventura, un desafío y una celebración del videojuego.







