En 1997, Sé lo que hicieron el verano pasado irrumpió en la cartelera como parte de aquella ola de slashers noventeros que revitalizaron el género tras un periodo de desgaste, con un reparto juvenil en auge, una premisa directa y un tono que mezclaba misterio con violencia estilizada, se ganó un lugar en la memoria de los aficionados al terror. Hoy, casi tres décadas después, llega una nueva versión dirigida por Jennifer Kaytin Robinson, definida por la propia producción como una recuela: mezcla de remake, reboot y secuela. La fórmula, sobre el papel, prometía traer de vuelta la intriga y el filo de aquel título, pero la ejecución ha dividido profundamente a crítica y público.
La trama retoma el núcleo de la historia original: un grupo de jóvenes comete un acto imprudente durante una noche festiva, oculta el incidente y, un año después, empieza a recibir inquietantes mensajes con la ya conocida advertencia: “Sé lo que hicieron el verano pasado”. El problema es que esta vez el detonante del misterio carece de la contundencia emocional y moral de 1997. Lo que en el original era un accidente grave y traumático, aquí se presenta como una secuencia forzada y poco verosímil, restando peso a la culpa y debilitando las motivaciones del asesino.

Uno de los grandes atractivos de esta nueva entrega era el retorno de personajes icónicos de las dos primeras películas. Sin embargo, ni la reaparición de figuras interpretadas por Freddie Prinze Jr. y Jennifer Love Hewitt logra generar la conexión buscada, la nostalgia, aunque presente, se siente más como un recurso superficial que como un elemento narrativo orgánico.
El guion, pilar de cualquier producción, se resiente por incoherencias y decisiones ilógicas. Personajes secundarios aparecen y desaparecen sin mayor propósito, se introducen tramas potencialmente interesantes, como el personaje de una podcaster especializada en la masacre del 97 que se abandona abruptamente, y las reacciones de los protagonistas ante el peligro ignoran el contexto tecnológico y social de 2025, como si el género no hubiera evolucionado desde los ochenta.
A nivel técnico, la película presenta virtudes indiscutibles: la fotografía es cuidada, los efectos cumplen, y la banda sonora, con guiños sonoros al final de los noventa aporta una capa de identidad, sin embargo, la ambientación opta con frecuencia por escenas a plena luz del día, un contraste extraño con la atmósfera nocturna y opresiva que suele caracterizar al slasher.

El filme también incorpora un marcado discurso político y social, alineado con la visión de su directora. Aunque el cine es un medio legítimo para transmitir mensajes de este tipo, aquí la inclusión de ciertas líneas y dinámicas de poder entre personajes termina interfiriendo con la coherencia narrativa, las muertes y supervivencias parecen más dictadas por la necesidad de reforzar ideas que por la lógica interna de la historia, lo que añade fricción a un guion ya debilitado.
El acto final, con giros que alteran radicalmente el carácter de figuras clave del pasado de la saga, ha sido especialmente polémico, transformar a personajes queridos en villanos puede ser un movimiento narrativo arriesgado y potente, pero requiere una construcción cuidadosa que aquí no termina de cuajar.
En definitiva, Sé lo que hicieron el verano pasado (2025) es un ejemplo de cómo la nostalgia y la buena factura técnica no son suficientes cuando la base narrativa falla. Para los fanáticos acérrimos de las dos primeras entregas, la recomendación es clara: acercarse con cautela, conscientes de que el homenaje queda a medio camino. Para quienes lleguen sin conocimiento previo, la experiencia puede variar entre lo entretenido y lo frustrante, dependiendo de cuánto se tolere la lógica laxa del género.







