En tiempos donde el ocio digital es más accesible que nunca, una palabra se ha vuelto recurrente entre jugadores de todo el mundo: backlog, este término, heredado del ámbito de la gestión de proyectos, ha sido adoptado por la comunidad gamer para describir esa montaña de juegos pendientes que, aunque adquiridos, aún esperan ser jugados. Lo que antes representaba entusiasmo y amor por el medio, hoy parece haberse transformado en una carga. La pregunta es inevitable: ¿cuándo se dejó de disfrutar los videojuegos para empezar a verlos como tareas por cumplir?
En redes sociales y plataformas de video se multiplican las estrategias para “vencer el backlog”: listas, métodos de organización, promesas autoimpuestas de no comprar más títulos hasta completar los anteriores, lo que en teoría debería aliviar la saturación de contenidos, en la práctica ha comenzado a generar ansiedad entre muchos jugadores.
Existen estudios que han cuantificado este fenómeno, se calcula que se han invertido miles de millones de dólares en videojuegos que jamás han sido jugados, a esto se le ha denominado la “pila de la vergüenza”, como si acumular juegos no utilizados fuera motivo de culpa. Pero, ¿realmente debería sentirse así?
Algunos comparan la situación con una biblioteca en casa, es común tener libros que aún no se han leído, y sin embargo, nadie se siente obligado a terminarlos todos antes de adquirir uno nuevo. La riqueza está precisamente en tener opciones, en saber que existe la posibilidad de explorar nuevas historias cuando se desee.

Los videojuegos, como forma de arte y expresión cultural, merecen el mismo enfoque, Tener un catálogo amplio no debería ser motivo de estrés, sino una oportunidad de elección. La experiencia del juego debe adaptarse al estado de ánimo, al momento de vida, al deseo de descubrimiento.
En la actualidad, muchas decisiones de compra están influenciadas por reseñas, calificaciones agregadas o tendencias virales, sin embargo, ese enfoque termina erosionando el criterio individual. Es fundamental recuperar el hábito de investigar, probar demos, escuchar voces diversas y elegir en función del interés personal.
Ser un buen comprador no significa adquirir todo, sino saber qué adquirir, esto implica una relación consciente con el propio presupuesto y con las expectativas frente a lo que se consume. Comprar sin presión y jugar sin culpa debería ser la norma, no la excepción.
Más allá del concepto de “pila de la vergüenza”, el backlog puede verse como una vitrina de posibilidades, una colección personal que refleja etapas de la vida, géneros favoritos, intereses cambiantes, no es necesario exprimir cada juego hasta el último segundo para que valga la pena. A veces, jugar unas horas es suficiente para vivir una experiencia memorable.

La obsesión por completar juegos o mantener estadísticas impecables puede convertir un hobby en una carga, no se trata de evitar el compromiso con los títulos, sino de entender que jugar también implica dejar ir lo que no conecta. La libertad de elegir, de saltar entre juegos, de abandonar sin culpa, es parte del derecho a disfrutar del medio.
Cada jugador vive su relación con los videojuegos de forma distinta. Algunos persiguen logros, otros coleccionan, muchos más simplemente exploran a su ritmo, no existe una única manera válida de disfrutar este arte interactivo.
Los videojuegos, al igual que un buen libro o una película inolvidable, están hechos para inspirar, emocionar y acompañar. No hay necesidad de transformar el juego en una lista de tareas por cumplir. Mientras exista pasión por descubrir nuevas experiencias y se mantenga la curiosidad viva, el backlog no será una carga, sino un reflejo de esa riqueza cultural que este medio ha alcanzado.







