Durante los últimos años, se ha popularizado un discurso recurrente en redes sociales y plataformas como YouTube: la idea de que para alcanzar el éxito en la vida, es necesario abandonar los videojuegos. Bajo títulos llamativos y frases que rozan lo absoluto, se afirma que dedicar tiempo a este medio es sinónimo de perder oportunidades, dinero o incluso propósito. Sin embargo, desde una mirada más pausada y con años de experiencia en el mundo de los videojuegos y la creación de contenido digital, esa afirmación carece de fundamento.
La realidad es que los videojuegos, al igual que la literatura, la música o el cine, forman parte de un ecosistema cultural y artístico que puede enriquecer la vida de las personas si se integran de manera equilibrada. Figuras como Elon Musk, Mark Zuckerberg o incluso deportistas profesionales como Lionel Messi y Cody Rhodes han expresado abiertamente su pasión por los videojuegos. No se trata de una simple coincidencia: el videojuego, en sus diferentes formas, puede aportar tanto inspiración como habilidades transferibles a otros ámbitos.
El problema de fondo no es el videojuego en sí, sino la falta de control y propósito con que algunas personas los utilizan. Así como leer un libro no garantiza convertirse en un experto en negocios, jugar a Cities: Skylines o This War of Mine no convierte automáticamente a nadie en un urbanista o en un estratega social. Sin embargo, estas experiencias interactivas tienen el valor de poner al jugador en situaciones complejas que requieren análisis, gestión de recursos y toma de decisiones éticas. En otras palabras, pueden funcionar como simuladores de habilidades blandas.
A lo largo del tiempo, se observa que buena parte de las metas alcanzadas en diversos ámbitos han estado inspiradas o influenciadas por los videojuegos. Desde temprana edad, el acceso a títulos de todo tipo fue promovido en ciertos entornos familiares no solo como entretenimiento, sino como herramienta de análisis y aprendizaje. Esa perspectiva permitió desarrollar un enfoque crítico y técnico frente a un medio que va mucho más allá del simple ocio.

Decir que los videojuegos son una pérdida de tiempo es equivalente a afirmar que leer novelas o escuchar música lo es. El videojuego es un medio que integra narrativa, música, diseño gráfico, programación y sociología en una misma experiencia. Ignorar su valor es cerrarse a una de las expresiones culturales más significativas de las últimas décadas.
Además, está el tema de la eficiencia y el balance. La verdadera clave del éxito, como bien apuntan algunos de los pocos discursos sensatos en medio de tanto ruido, no está en sacrificar el ocio por completo, sino en aprender a gestionarlo de forma eficiente. Trabajar 19 horas al día no es garantía de nada si no se estructura bien el tiempo, si no se dedica un espacio a desconectar y recargar energías.
Incluso los perfiles más técnicos y exitosos del mundo moderno, desde los fundadores de empresas tecnológicas hasta creativos de la industria del entretenimiento, hablan abiertamente de cómo el videojuego formó parte de su proceso de descubrimiento y aprendizaje. Esto no debería sorprender a nadie. Antes de que un piloto de avión toque una cabina real, pasa cientos de horas en simuladores que no son otra cosa que videojuegos extremadamente especializados.
Desde esa perspectiva, lo importante no es dejar de jugar, sino jugar con conciencia y propósito. Tener claro hacia dónde se quiere llegar en la vida, establecer metas claras, y equilibrar el tiempo dedicado a cada actividad. La creación de contenido, el desarrollo de proyectos digitales, el emprendimiento: todo eso puede coexistir perfectamente con un espacio reservado para disfrutar de un buen título, ya sea para relajarse, inspirarse o adquirir nuevas perspectivas.

Una de las reflexiones más relevantes para cualquier lector interesado en este tema es la necesidad de asumir la propia responsabilidad. No se trata de culpar a los videojuegos por los fracasos personales, se trata de reconocer que cada individuo tiene el control de su tiempo, de sus decisiones y de su crecimiento. Si un videojuego consume más tiempo del que debería, la solución no es demonizar el medio, sino aprender a establecer límites. La clave está en la disciplina, en el esfuerzo consciente y en no perder de vista las propias metas.
Los videojuegos no son el enemigo del éxito, son una herramienta más dentro de un equilibrio de vida saludable, creativa y productiva. Entender esto es, quizás, uno de los primeros pasos reales hacia un concepto de éxito más humano, más completo y más sostenible.







