Durante los últimos años se ha instalado un debate cada vez más común en la comunidad de jugadores: ¿estamos viviendo la peor generación de consolas de la historia? En redes sociales abundan los comentarios que señalan la falta de innovación, las polémicas sobre ventas o la ausencia de exclusivos como prueba de un estancamiento en la industria. Sin embargo, cuando se observa con calma y sin dejarse llevar únicamente por los titulares o los números, la realidad parece ser mucho más matizada.
En generaciones pasadas, la conversación entre jugadores se centraba en los títulos que nos marcaban, en los momentos compartidos con amigos o en las horas invertidas en mundos virtuales. Hoy, buena parte del debate gira en torno a cuántas copias vende un juego, quién lidera el mercado de consolas o qué empresa pierde más dinero, es como si la experiencia de jugar hubiera quedado en segundo plano frente a una especie de carrera de bolsa digital donde lo único que importa es la rentabilidad.

Este enfoque ha llevado a muchos a percibir la industria como fría, calculadora y dominada por métricas, cuando en realidad la esencia del videojuego siempre ha estado en otro lugar: en las emociones, la inmersión y la capacidad de conectar con otros.
No se puede negar que esta generación también ha sido testigo del auge de los micropagos, los season pass y las prácticas cuestionables de monetización. Esto ha afectado de manera directa la percepción de los jugadores, que en ocasiones sienten que las grandes compañías priorizan el negocio sobre la creatividad.
Sin embargo, también es cierto que el consumidor tiene más poder que nunca: la posibilidad de elegir, de no apoyar ciertos modelos y de construir su propia librería en plataformas que ofrecen alternativas variadas y accesibles.
Otro elemento que alimenta la idea de la peor generación es el tratamiento de la prensa de videojuegos. Gran parte de los medios se enfocan casi exclusivamente en ventas, balances financieros y polémicas, dejando de lado el análisis profundo de la experiencia de juego. Como consecuencia, la visión que se transmite al público se reduce a números y comparaciones superficiales.
Frente a esto, los creadores de contenido independientes han ganado protagonismo. Su cercanía con la audiencia, su libertad editorial y su capacidad de rescatar títulos olvidados aportan una mirada fresca que equilibra la balanza.

Durante mucho tiempo, los exclusivos eran vistos como el motor que definía el valor de una consola, pero esta generación ha demostrado que el jugador busca algo más que nombres rimbombantes: quiere variedad, accesibilidad y opciones.
Los catálogos actuales están repletos de propuestas innovadoras, desde indies que conquistan por su originalidad hasta producciones AA que llenan un vacío que antes era ignorado. La idea de que una consola solo vale la pena por sus exclusivos se ha vuelto cada vez más obsoleta.
El redescubrimiento de la librería de Steam ha sido revelador, durante años estuvo olvidada, pero gracias a la accesibilidad y las ofertas, se convirtió en un tesoro de experiencias variadas. A eso se suma la llegada de la Xbox Series S, una consola compacta, económica y sorprendentemente versátil.
Aunque muchos la criticaron por su almacenamiento limitado o por carecer de gráficos de última generación, lo cierto es que ha demostrado ser un puente ideal para nuevos jugadores, un acceso directo al Game Pass y una forma sencilla de disfrutar títulos de distintas épocas.
Más allá de las quejas, la actual generación de consolas ha abierto puertas que antes eran impensables:

- Opciones económicas: desde la Series S hasta ediciones digitales que reducen costos.
- Catálogos más diversos: un equilibrio entre indies, AA y grandes producciones.
- Funciones únicas: retrocompatibilidad, servicios en la nube, accesibilidad para jugadores con distintas necesidades.
- Elección sin barreras: nunca antes hubo tantas formas de jugar, en tantos dispositivos y con tanta flexibilidad.
Quizá la pregunta correcta no sea si estamos en la peor o mejor generación, sino qué significa realmente jugar hoy. Para algunos, la nostalgia de los 90 o los 2000 pesa más que cualquier avance. Pero objetivamente, jamás hubo tantas opciones, tantas facilidades y tanta diversidad en la manera de acceder a los videojuegos.
Esta no es la peor generación, al contrario, podría ser la más abierta, accesible y variada que hemos tenido, y al final, más allá de números, ventas y discursos, lo único que realmente importa sigue siendo lo mismo de siempre: sentarse frente a la pantalla, mando en mano, y disfrutar.







