En una época donde el terror y el suspenso parecen haber agotado sus premisas, “La trampa” (2024) irrumpe como una propuesta audaz que se atreve a mezclar códigos del thriller psicológico, el cine policíaco y el drama familiar. Dirigida por M. Night Shyamalan, este filme devuelve al espectador al terreno del suspenso clásico, apoyándose en una puesta en escena simple pero efectiva, y en un relato inspirado en un hecho real tan increíble como perturbador: la Operación Flagship.
El punto de partida no podría ser más actual: un concierto de una artista pop llamada Lady Raven se convierte en el escenario de una operación encubierta diseñada para atrapar a un escurridizo asesino serial conocido como “el carnicero”. Este evento, aparentemente festivo, funciona como una elaborada trampa donde cientos de asistentes —en su mayoría hombres— son observados, escaneados y sospechados. En este escenario, la tensión no proviene de los típicos sobresaltos o de monstruos grotescos, sino del peso del secreto, de lo que se oculta a simple vista. Y es ahí donde se vuelve realmente inquietante.

El relato gira en torno al protagonista interpretado por Josh Hartnett, quien encarna a un hombre de apariencia común, padre de familia y ciudadano ejemplar,quien lleva una doble vida como asesino meticuloso. Este personaje camina constantemente por la cuerda floja, evadiendo a las autoridades mientras protege su fachada familiar.Su frialdad, su capacidad de cálculo y su ausencia de culpa lo convierten en un antagonista temible
Aunque irónicamente, también en el foco de atención más interesante del filme.El actor Josh Hartnett es un nombre que tiene la capacidad de remitir a tiempos pasados. Tras su estrellato a finales de los 90 y principios de los 2000, con títulos como Pearl Harbor, The Faculty (1998) y Halloween H20: 20 años después, el actor pareció alejarse del radar mediático. Sin embargo, en “La trampa”, Hartnett demuestra que no ha perdido el toque. Aquí entrega una actuación contenida pero potente, que bebe de su experiencia previa en el cine de horror y suspenso, y que brilla especialmente cuando el guion le exige ambigüedad emocional y control absoluto.
La película le da espacio para explorar con profundidad el perfil de un psicópata no caricaturesco, alejado del histrionismo o la locura desenfrenada. A diferencia de otros thrillers recientes donde se romantiza al villano (como ocurrió con Joker de Todd Phillips), en “La trampa” se muestra al asesino como una figura calculadora, incapaz de empatía, pero a la vez perfectamente integrada en la sociedad. Esa contradicción, manejada con maestría por el actor, es uno de los pilares que sostiene toda la tensión del relato.
Un aspecto a destacar es la actuación de Saleka Shyamalan, hija del director, quien interpreta a Lady Raven, la artista principal del concierto. Su papel, que podría haber sido simplemente decorativo o anecdótico, se convierte en un elemento central para entender el contraste entre lo público y lo privado, lo artificial del espectáculo y lo oscuro de lo que se esconde tras bambalinas.
La joven actriz y cantante logra dotar a su personaje de una sensibilidad inesperada, especialmente cuando toma conciencia de que ha sido usada como parte de un plan que pone en riesgo su seguridad y su arte. Este guiño autorreferencial —el director involucrando a su hija como actriz principal— también remite a una vieja tradición del cine de autor, donde lo familiar y lo creativo se mezclan. Más allá del parentesco, el desempeño de Saleka justifica plenamente su presencia en el filme.
La premisa de este film no surge de la pura ficción. Está basada en un caso real: la llamada Operación Flagship, llevada a cabo por las autoridades estadounidenses en los años 80, en esta operación, el gobierno obtuvo los datos domiciliarios de cientos de prófugos de la justicia y los engañó con la promesa de boletos gratuitos para un partido de fútbol americano. Más de 160 individuos acudieron al evento, donde fueron detenidos sin saber que estaban siendo observados desde el primer minuto.

Este hecho histórico, con tintes casi cinematográficos, sirvió como fuente directa para la construcción del guion. La idea de que el espectáculo pueda ser usado como carnada para ejecutar justicia genera un conflicto ético y narrativo sumamente interesante, que la película explora con soltura. ¿Hasta qué punto es lícito usar el engaño como herramienta judicial? ¿Dónde termina la justicia y comienza la manipulación? Estas preguntas sobrevuelan el filme sin necesidad de responderse de forma explícita.
A pesar de sus múltiples aciertos, “La trampa” no está exenta de fallas. Algunos elementos del guion parecen poco verosímiles o forzados. Por ejemplo, la manera en que se intenta justificar cómo identificarán al asesino entre tantos asistentes no termina de convencer del todo. Aunque hay intentos por ofrecer una lógica narrativa, en algunos momentos el espectador puede sentirse escéptico ante ciertas explicaciones. Son detalles que, si bien no arruinan la experiencia, sí dejan la sensación de que se pudo pulir más la estructura de algunos giros o transiciones.
Sin embargo, estos errores no empañan el resultado general. De hecho, forman parte de ese encanto imperfecto que muchas veces caracteriza a las películas de Shyamalan, donde lo importante no es tanto el realismo extremo, sino la construcción de un universo emocional y simbólico sólido.
Uno de los méritos más interesantes de la pelicula es que no necesita recurrir al gore, la escabrosidad o el terror explícito para mantener la atención del espectador. El filme funciona más como un thriller psicológico, con toques de comedia negra y un sutil tono policíaco, que como una cinta de horror tradicional. Aquí, el miedo se construye desde la incertidumbre, desde la posibilidad de que alguien tan normal como tu vecino o tu padre pueda esconder una faceta monstruosa.

A diferencia de otros relatos donde el villano actúa sin justificación o sin lógica, aquí el asesino parece tener un plan meticuloso, lo cual aumenta la inquietud. La tensión se mantiene constante gracias a situaciones donde el espectador cree que por fin será atrapado, solo para ver cómo logra escapar una vez más. Estos momentos de falsa resolución funcionan como pulsaciones que mantienen viva la narrativa hasta el desenlace.
Si se observa con más detenimiento, “La trampa” no es solo una película sobre un asesino y una operación encubierta. También es una reflexión sobre el poder del espectáculo, la manipulación mediática y la delgada línea entre lo verdadero y lo falso. La idea de que un concierto, un símbolo de celebración y arte, pueda ser usado como arma para capturar criminales, no solo impacta por su ingenio, sino por lo que dice sobre la época actual.
Vivimos tiempos en los que ya nada parece seguro: una rifa puede ser un anzuelo, una invitación un engaño, una pantalla un espejo deformado. El filme, sin caer en sermones, deja esa sensación de desconfianza que se arrastra más allá de los créditos finales.
No es una obra perfecta, pero cumple con creces su cometido: atrapar al espectador, mantenerlo en vilo y dejarle algo en qué pensar. Shyamalan demuestra una vez más que, cuando no se enreda en sus propios giros, puede ser un narrador formidable. Josh Hartnett brilla como un asesino enigmático, mientras que Saleka Shyamalan aporta frescura y autenticidad desde su rol como estrella musical atrapada en la telaraña del engaño.
En resumen, estamos ante una película interesante, bien construida y con una base real que le da peso. No redefine el género, pero sí lo refresca, aportando una dosis de crítica social, juego narrativo y tensión controlada. Para quienes buscan algo más que simples sobresaltos y sangre gratuita, “La trampa” se presenta como una apuesta diferente en el panorama del cine de suspenso contemporáneo.







