El terror en los videojuegos siempre encuentra nuevas formas de incomodarnos. A veces con gráficos hiperrealistas, otras con atmósferas inquietantes que se meten bajo la piel. Who at the Door, un título independiente coreano, pertenece a este segundo grupo: un survival horror minimalista, claustrofóbico y obsesivo, que ha sorprendido a los aficionados al género por lo diferente de su propuesta.
El jugador encarna a un hombre atrapado en un apartamento, en una situación que mezcla encierro físico con delirio psicológico. No hay grandes escenarios que recorrer ni acción directa; todo sucede en ese espacio cerrado, donde cada objeto, cada detalle, puede cambiar de un momento a otro.

El núcleo del juego son las alucinaciones: a veces simples modificaciones visuales, un objeto cambiado de lugar, un elemento fuera de contexto, otras veces entidades inquietantes que se manifiestan y pueden desatar un ciclo nuevo si logran atraparte. El diseño recuerda a una versión independiente y más experimental., el célebre teaser de Silent Hills: un espacio reducido que se transforma con cada vuelta, hasta hacerte dudar de lo que ves.
La experiencia se organiza en un ciclo de nueve días. Cada jornada implica explorar el apartamento, detectar lo que está fuera de lugar y decidir si abrir la puerta, tomar medicinas o enfrentarse a lo que acecha. Según las decisiones, el jugador avanza hacia distintos finales, tres principales en total.
Lo interesante es que al fallar o al llegar a un desenlace, el ciclo se reinicia. Esto alarga artificialmente una propuesta que en un run podría completarse en apenas una hora, pero que se expande con las repeticiones, los coleccionables y la curiosidad por descubrir cada variación. Al terminar, se desbloquea incluso un modo infinito, donde el reto es sobrevivir la mayor cantidad de días posibles: 25, 50 o 100, con logros especiales como recompensa.

El juego no busca asustar con sustos gratuitos, sino con la incomodidad que generan los pequeños cambios. Mirar por la mirilla y descubrir una figura imposible del otro lado, encender la luz junto a la puerta y notar algo diferente, escuchar un ruido extraño en una sala que ya conocías: son momentos que convierten lo cotidiano en un infierno psicológico.
La referencia a Howard Phillips Lovecraft es inevitable. No por invocar directamente a sus criaturas, sino por esa sensación de lo aberrante, lo viscoso y lo incomprensible que impregna muchas de las alucinaciones, es un terror cósmico reinterpretado en clave doméstica.
A esto se suma un trabajo sonoro notable, cada rincón del apartamento tiene sus propios matices acústicos, y muchas veces es el oído, más que la vista, el que advierte que algo anda mal.
Visualmente, Who at the Door no apuesta por el hiperrealismo, su apartado gráfico, construido sobre Unreal Engine, cumple con transmitir la atmósfera necesaria sin ser su principal atractivo. No exige demasiado al hardware, lo que lo hace accesible a la mayoría de jugadores de PC.
Los controles son simples: movimiento con las teclas WSAD, clic para interactuar, espacio para agacharse. Compatible con teclado, ratón o mando, pero siempre enfocado en la observación y la atención a los detalles, no en la acción.

Uno de los grandes atractivos del título es su precio reducido: apenas entre 3 y 4 dólares en Steam. Por esa cantidad, ofrece desde una experiencia corta y directa hasta decenas de horas de exploración cíclica para quienes se enganchen con su propuesta.
El desarrollador, además, promete añadir nuevas alucinaciones y contenidos en futuras actualizaciones, lo que sugiere que el juego seguirá creciendo.
Who at the Door no es para todos. Quien espere un survival horror clásico, con pasillos, armas y narrativa lineal, quizá se frustre ante su estructura repetitiva, pero quienes disfruten del terror psicológico, de los juegos de observación y de esa tensión que surge de lo familiar que se vuelve extraño, encontrarán aquí una joya inquietante.
Un pequeño experimento coreano que, por muy bajo precio, demuestra que no hacen falta grandes producciones para generar auténtica incomodidad. Un recordatorio de que el miedo puede residir en algo tan simple como abrir la puerta equivocada.







