Aunque en papel parecía otra fórmula reciclada del MCU, Thunderbolts logra sorprender con una historia que, sin romper el molde, se atreve a explorar los rincones emocionales y psicológicos de personajes que hasta ahora habían vivido en los márgenes del protagonismo. Dirigida por Jake Schreier, la película se inscribe dentro del universo Marvel post-Endgame, después del fin del mundo, Marvel decide explorar lo que quedó sin cerrar.
No se trata solo de otra reunión de antihéroes forzada por una crisis global. Thunderbolts se sumerge en las motivaciones ocultas de sus personajes, en sus contradicciones, en el daño que han causado y el que aún los habita. Lo hace con una estética cuidada, una fotografía que alterna lo espectacular con lo introspectivo, y un guión que, si bien no está exento de costuras, propone una visión más terrenal del heroísmo.

La historia parte de una premisa sencilla: seis individuos, considerados villanos o armas defectuosas, son convocados por Valentina Allegra de Fontaine (Julia Louis-Dreyfus), una operadora del gobierno estadounidense con métodos poco ortodoxos y objetivos ambiguos. Su misión: detener a Sentry, un experimento fallido que representa una amenaza catastrófica para el mundo entero, especialmente cuando su versión más inestable, The Void, empieza a tomar el control.
A diferencia de los Avengers, este nuevo equipo no se forma por amistad, vocación o principios. Se forma por necesidad, manipulación e incluso chantaje. En ese sentido, la película bebe directamente de la fuente de Suicide Squad, pero logra desmarcarse al enfocarse más en el trauma que en la irreverencia.
Cada personaje arrastra un pasado complejo. Yelena Belova (Florence Pugh) intenta llenar el vacío emocional que dejó su hermana Natasha, a través de sarcasmo y frialdad. El Guardián Rojo (David Harbour), venido a menos y nostálgico de un pasado glorioso que solo existe en su cabeza, funciona como un alivio cómico y al mismo tiempo como un retrato del héroe olvidado. Bucky Barnes (Sebastian Stan), el Soldado del Invierno, carga con una culpa que el tiempo no ha suavizado, y aunque actúa como el veterano del grupo, nunca parece del todo convencido de su lugar.

Completan el equipo John Walker, el polémico “Capitán América fallido”, Ghost, la inestable ex agente que vive entre planos conocida por su habilidad para volverse intangible e invisible debido a una condición cuántica, y Taskmaster, un personaje que sigue siendo un enigma en sí mismo, una mercenaria y ex-agente de la Habitación Roja, con la habilidad de copiar los movimientos de sus oponentes. Todos comparten una cosa: han sido usados, traicionados o descartados por los sistemas que alguna vez defendieron, y eso los convierte en un equipo funcional, pero profundamente fracturado.
El antagonista central, Robert Reynolds, alias Sentry, representa uno de los dilemas más interesantes del MCU reciente. Es un ser de poder casi absoluto, una especie de Superman atormentado que convive con su sombra interior: The Void. Esta entidad oscura no solo representa el peligro externo de la película, sino también el espejo interno de todos los personajes. El miedo, el dolor, la desconexión emocional.
Sin embargo, el desarrollo de este villano deja sensaciones encontradas, en lugar de construirse como una amenaza creíble, impredecible y estratégica, termina diluyéndose en una resolución demasiado simbólica y poco convincente. La película apuesta por un cierre emocional, casi metafórico, que no logra estar a la altura del clímax que había construido. Un recurso que Marvel ha repetido en otras producciones recientes, con resultados igualmente cuestionables.
Uno de los aspectos más logrados de la película es su tono más realista y terrenal. A diferencia de otras entregas del MCU que se desbordan en fantasía, aquí la acción se construye desde el cuerpo a cuerpo, las armas, las estrategias de combate y el espionaje. El público que no ha seguido al detalle todas las fases del MCU post-Endgame podría perder alguna referencia, pero el guion está lo suficientemente bien construido como para que eso no afecte la experiencia. A nivel visual, además, la cinta sorprende, con escenarios bien compuestos, efectos de calidad, y una dirección de arte que mezcla lo pintoresco con lo sombrío, hay poco espacio para la espectacularidad gratuita y la amenaza se siente más cercana, y eso favorece la tensión narrativa.
Además, el uso del montaje permite transiciones interesantes entre las escenas de acción y los momentos de introspección. En medio de un tiroteo, por ejemplo, se puede pasar a una secuencia abstracta donde un personaje confronta un recuerdo reprimido, estas pausas narrativas ayudan a humanizar a los protagonistas, sin romper el ritmo.
La dirección de Schreier se hace evidente en estos momentos. La cámara no solo busca mostrar; también intenta empatizar y aunque por momentos peca de explicativa (se dice más de lo que se muestra), logra que el espectador se involucre con el dolor de los personajes.

Thunderbolts no es una revolución dentro del universo Marvel, pero sí un pequeño giro de tuerca, es una película que habla de la redención sin disfrazar de gloria. Que reconoce el desgaste del modelo actual y se atreve a dar un paso hacia una narrativa más humana, aunque a veces se tambalee.
Toca temas complejos como: la depresión, ansiedad y abandono sin convertir la película en una sesión de terapia, lo hace a través de personajes que no inspiran imitación, sino identificación: rotos, contradictorios, incapaces de salvar el mundo sin antes enfrentar su propio vacío.
Thunderbolts es una experiencia distinta dentro del MCU, no por su trama, que sigue siendo convencional, sino por el tratamiento que le da a sus protagonistas y al conflicto interno que los atraviesa. Tiene fallos de guion, escenas forzadas y un villano que merecía más… pero también tiene corazón, intención y una estética que apuesta por lo sombrío sin perder la acción.
Es, en pocas palabras, una película imperfecta pero necesaria y si en el futuro Marvel decide seguir por este camino podría reconectar con una audiencia que, como estos personajes, también ha dejado de creer… pero aún quiere sentir.







