¿Cuántas veces ha escuchado esa frase que suena como un disco rayado?: “Deja deja de jugar y haz algo útil con tu vida”?
Como si esas horas enfrentando jefes imposibles, construyendo imperios o compartiendo aventuras épicas con amigos no valieran nada. Como si cada sesión de juego fuera tiempo tirado a la basura.
Pues no. Ya es hora de romper con esa narrativa. Porque sí, jugar videojuegos puede cambiar vidas. Lo dicen los estudios. Lo dice la experiencia. Y lo dice cada persona que ha encontrado en los videojuegos mucho más que entretenimiento.
Una de las creencias más arraigadas (y más equivocadas) es que jugar videojuegos es una pérdida de tiempo. Pero cuando se analiza desde la experiencia real, las cosas se ven muy distintas.
Aún hoy, hay quien piensa que los videojuegos son simples juguetes. Pero quien haya jugado The Last of Us, Red Dead Redemption o Persona 5 sabe que esa afirmación es absurda.
Los videojuegos modernos son arte. Son narrativa, diseño, música, interacción, toma de decisiones y emociones a flor de piel. Son mundos que requieren pensamiento estratégico, empatía, intuición.
Y el público que los disfruta ya no es solo infantil. Los jugadores de hoy tienen 15, 25, 40 o 60 años. Son padres, madres, estudiantes, emprendedores, artistas, médicos.
Los videojuegos no tienen edad, porque el deseo de imaginar, explorar y vencer desafíos es universal.
Jugar no solo es diversión. Es desarrollo de habilidades.
- Resolver un puzzle en Portal estimula la lógica y el pensamiento espacial.
- Coordinarse en Valorant o Dota 2 desarrolla la comunicación efectiva y el liderazgo bajo presión.
- Administrar recursos en un juego de estrategia afina la capacidad de planificación y análisis.
- Superar un boss imposible enseña algo que muchas personas no cultivan: la perseverancia.
Además, muchos estudios coinciden: los videojuegos pueden mejorar la memoria, la velocidad de reacción, el razonamiento y la capacidad de resolver problemas.
Y si eso no es aprendizaje, ¿entonces qué es?

La experiencia gamer no termina cuando se apaga la consola. Los videojuegos son una excusa para convivir, para compartir, para formar redes que a veces salvan vidas.
Porque sí, en más de una ocasión, un videojuego ha sido el refugio en momentos duros. Ha sido el motivo para seguir adelante. Ha sido un puente hacia la esperanza.
Esto no es ficción. Es lo que ocurre cuando se deja de ver el videojuego como un enemigo y se empieza a verlo como un espejo de lo que somos capaces de hacer.

El joven que encontró en los videojuegos una forma de superar la ansiedad social.
La chica que descubrió su vocación como programadora después de enamorarse de la mecánica de Minecraft.
La persona que sobrevivió a una depresión gracias a la compañía que encontró en su clan de Final Fantasy XIV.
El adulto que reconectó con su hijo a través de Zelda.
El problema no es jugar.
El problema es sentir culpa por algo que en realidad aporta, nutre, forma.
Porque cada partida no es una evasión: es una forma de entender el mundo, de vivirlo, de reinventarlo.Y vivir con esa culpa… sí que sería perder el tiempo.
Los videojuegos no son el enemigo. Son una expresión. Una oportunidad. Un espacio de crecimiento.
Ya es hora de dejar de juzgar y empezar a escuchar.
De ver al gamer no como un “perdedor”, sino como alguien que está explorando un mundo que muchos aún no se han atrevido a conocer.
¿Qué historia gamer te marcó? ¿Qué habilidad descubriste jugando?
Déjalo en los comentarios. Porque tu experiencia, sí, la tuya, puede cambiar la forma en que el mundo ve a los videojuegos.
Y si alguien vuelve a decir que estás perdiendo el tiempo… muéstrale este artículo. O mejor aún: invítalo a jugar.







