Desde los primeros tráilers, la película de Fórmula 1 protagonizada por Brad Pitt y Damson Idris generó revuelo. No es solo una cinta sobre carreras: es una representación cinematográfica que mezcla drama, técnica, emoción y la intensidad de un deporte que, aunque conocido por muchos, sigue siendo un misterio fascinante para la mayoría. Dirigida por Joseph Kosinski (Top Gun: Maverick, Tron: Legacy, Oblivion), esta producción tiene el pulso perfecto de aquel cine palomitero noventero que sabía entretener sin subestimar a su audiencia.
Aunque no es un documental ni está producida directamente por la FIA, la marca Fórmula 1 participa activamente en la película. Esto permitió que el equipo tuviera acceso a las entrañas del deporte: escuderías, talleres, simuladores y circuitos reales. Se usaron cámaras instaladas en autos de competencia reales para capturar escenas de alta velocidad que simplemente no se pueden replicar en estudio, incluso hay momentos tomados directamente de carreras oficiales, haciendo que la experiencia visual sea intensa y, sobre todo, auténtica.

Uno de los productores es nada menos que Lewis Hamilton, el múltiple campeón mundial, quien aporta al guión toques de realidad: la presión, los entrenamientos físicos, el estrés psicológico y ese mundo invisible que rodea a los pilotos. Porque sí: aunque desde afuera parezca que solo manejan, la Fórmula 1 es un deporte de élite, de estrategia y de resistencia física.
La historia gira en torno a Sonny Hayes, un expiloto retirado tras un accidente, interpretado por Brad Pitt. Relegado al olvido, recibe una última oportunidad: volver a las pistas como mentor de una joven promesa (Damson Idris) en una escudería ficticia que está al borde del colapso. La dinámica entre ambos, con un Javier Bardem como jefe de equipo, pone sobre la mesa temas como el legado, la redención y el trabajo en equipo.
Lejos de ser una película biográfica una cinta técnica difícil de digerir, la narrativa apuesta por ser ágil, entendible y emocionante para todos, incluso para quienes jamás se han madrugado a ver una carrera. Los detalles técnicos están, pero explicados con inteligencia narrativa: las penalizaciones, la aerodinámica, la estrategia de pits… todo está integrado de forma natural al drama.

Uno de los grandes aciertos es su apartado técnico. Con un presupuesto que supera los 300 millones de dólares, la película se siente ambiciosa, bien ejecutada y visualmente vibrante. Las secuencias de carrera están a la altura de los mejores momentos de Top Gun: Maverick, y eso no es coincidencia: Kosinski repite el truco de poner cámaras donde nunca antes se habían puesto, generando una experiencia inmersiva, cruda y emocionante.
A esto se suma una banda sonora excepcional firmada por Hans Zimmer, quien eleva cada escena de tensión, cada curva peligrosa, cada victoria o derrota. Su música es un latido constante que recuerda que esto no es solo un deporte, es una batalla emocional en cada giro del circuito.
Quizás el mejor resumen para esta película es que se trata de una “pizza perfectamente balanceada“. No es cine de autor ni pretende serlo, no busca premios ni discursos existencialistas, lo que ofrece es entretenimiento puro y bien hecho, con suficiente profundidad para emocionar, y la ligereza justa para no agobiar.
La película logra algo muy difícil: ser disfrutable tanto para los fans acérrimos del automovilismo como para el espectador ocasional. Es una entrada digna al mundo de la Fórmula 1, una carta de presentación para el público casual, y una celebración para quienes ya conocen el rugido de los motores.

Quienes crecieron en los años 80 y 90 conocieron la Fórmula 1 a través de los videojuegos: Grand Prix Circuit (1989), Turbo Racing de NES… títulos que, con gráficos primitivos y físicas rudimentarias, ofrecían una primera probada de esa adrenalina. Hoy, con simuladores hiperrealistas como F1 2025, ese puente entre juego y realidad es más sólido que nunca.
La película recoge esa dualidad: es una historia inspiradora con sabor clásico, pero también una muestra de cómo la Fórmula 1 se ha convertido en un fenómeno tecnológico y mediático sin precedentes.
Fórmula 1 no intenta reinventar el género, pero sí lo actualiza con respeto, corazón y mucho ritmo. Es una película que puedes ver con tu pareja, tus hijos o tu papá, y que seguramente dejará a todos con ganas de aprender más sobre este mundo.
¿Vale la pena verla en cine? Absolutamente, no solo por su calidad visual, sino porque, como los viejos clásicos del cine de acción y deporte, se disfruta más en una sala oscura, con pantalla gigante y sonido envolvente.







